La historia de mi matrimonio feliz

Antes de crear nuestra propia familia, cada uno de nosotros soñamos con un matrimonio feliz en el cual, marido y mujer se respetan y se adoran. Este sueño es hermoso aunque la realidad sea decepcionante. Mi historia es un ejemplo de esto. Hubo un tiempo en el que mi matrimonio no era tan armonioso como yo hubiese querido. Mi esposo y yo solíamos pelearnos por banalidades que implican los labores del hogar o incluso nuestros modos de vida. Nuestro amor se vio afectado por la trivialidad de nuestra vida, tal como dice la canción: “difícil es enamorarse pero más difícil es llevarse bien”.

Antes de casarnos, confiaba en que mi esposo y yo nos llevaríamos bien porque nos amábamos y porque nos entendíamos, pero los problemas comenzaron después de casarnos. Discutíamos cuando no concordábamos en la forma de hacer algo. Había ocasiones en las que, por ejemplo, mi esposo me reprochaba la forma en la que yo hacía los quehaceres de la casa. Al inicio, permanecía en silencio, aunque mi corazón no estaba de acuerdo, pero hubo un momento en el que su constante criticismo me hizo refutar: “Y bien, si estoy mal, entonces ¿qué es lo que está bien? ¡Si piensas que lo que hago está mal, entonces hazlo tú!”. Aunque estas palabras detenían la discusión, siempre eran seguidas de un silencio incómodo. Sabía que le dolía, pero no podía poner mi autoestima de lado para hablarle. Como resultado, la disputa terminó en varios días de guerra fría. En ocasiones, él me desesperaba. Por ejemplo, me disgustaba la ropa que se ponía, pues sentía que no le importaba su higiene personal y que no podía parecer bien frente a los demás. Cuando le llené la cabeza de piedritas, él me echaba la culpa “eres una maniática de la limpieza, eres demasiado selecta”. En cualquier caso, siempre había mucha tensión entre nosotros.

No sabía qué hacer con mi matrimonio, entonces le pedí consejo a mis amigos y familiares que han estado casados durante años. Algunos me aconsejaron de ser más tolerante, ya que “El transigir hace que un conflicto sea mucho más fácil de resolver”; otros me decían de darme mi lugar ya que todos humillaban al débil y aclamaban al fuerte. Seguí sus consejos, pero en vano. Cuando intenté de retener mis ganas por discutir con él, sentí mi corazón desesperarse y enojarse, como si hubiera perdido algo, ya que al pelearnos, nuestra relación se fortalecía. Después de varias fallas, supe que nadie podría ayudarme a resolver mis conflictos familiares. No pude dejar de pensar en la razón por la cual no podíamos llevarnos bien y en el quién podría ayudarme a resolver mis problemas.

Entonces mi amiga me predicó el evangelio de Dios y tuve la fortuna de convertirme en cristiana. Al leer la palabra de Dios, comencé a entender el por qué la gente no podía llevarse armoniosamente. Las palabras de Dios dicen: “Como el hombre ha aceptado la naturaleza malvada, arrogante y maliciosa de Satanás, inevitablemente en sus relaciones interpersonales hay frecuentes conflictos, discusiones e incompatibilidades, creados como consecuencia de la naturaleza arrogante de Satanás”. Estas palabras me hicieron darme cuenta que mi esposo y yo nos peleábamos todo el tiempo porque ambos teníamos una naturaleza arrogante. Al estar dominados por nuestra arrogancia, llevábamos a cabo algunas reglas de Satanás; por ejemplo, humillar al débil y aclamar al fuerte; ojo por ojo, diente por diente y así sucesivamente. Influenciados por estas reglas, nuestra humanidad se volvió anormal. Como las ganas de casarse eventualmente se apagan, nuestras naturaleza maliciosa gradualmente se exponen, así como nuestro carácter arrogante lo cual genera la insatisfacción con varios aspectos de nuestras vidas, incluyendo incluso la forma en la que actúan los demás. Siempre pensamos que nuestras propias opiniones son correctas y queremos hacer que los otros hagan nuestra voluntad. Como nadie obedece a nadie, tenemos más conflictos, llevando así a una vida más depresiva e incómoda. Eso se puede ver sin cambiar nuestra naturaleza satánica, pues nosotros los humanos vivimos bajo el dolor de forma constante e incluso marido y mujer, quienes se adoraban entre si, sienten ganas de despedazarse, fallando así, en vivir armoniosamente por siempre.

Afortunadamente, hoy Dios hace la obra de salvación para limpiarnos y cambiar nuestros caracteres satánicos, de los cuales la principal es el carácter arrogante. Al encontrar la causa de mis conflictos familiares, y saber que mi carácter arrogante puede resolver de acuerdo con las palabras de Dios, decidí buscar un cambio a mi arrogancia, pero sabía que no me podía transformar sola y que necesitaría la ayuda de Dios, pues Dios dijo: “Si las personas han de entender la verdad y han de ver la verdad con claridad, y si, además, han de entrar en la verdad y ponerla en práctica, deben realmente entrenar, realmente buscar y realmente tener hambre y sed. Cuando tienes hambre y sed y cuando realmente cooperas con Dios, el Espíritu de Dios con toda seguridad te tocará y obrará en ti, lo que te dará más esclarecimiento, y te dará más conocimiento de la realidad que te será de mucha ayuda para tu vida”. Por las palabras de Dios, supe que para resolver mis problemas de arrogancia, tenìa que desear a Dios, hablar más con Él y siempre hacer Su voluntad pues solamente de esta forma, podía obtener la gracia del Espíritu Santo, ya que Dios me ayudaría y que no sería difícil que cambiara mi vida.

Al entender la voluntad y las demandas de Dios, traté de practicar la verdad y traicionarme. Cuando había disputas entre mi esposo y yo, le rezaba a Dios de que me ayudara para que no me dejara llevar por mi arrogancia y que me permitiera de ver las cosas más claramente. Si él tenía la razón, trataba de pedir perdón y hacer lo que me dijera, pero si él estaba mal, no lo sermoneaba, pero me calmaba y trataba de decirle las cosas para que las entendiera. Eventualmente, dejamos de pelearnos y nuestra casa se llenó de risas y de felicidad. Antes, cuando le pedía algo, me ignoraba, aunque se lo repitiera muchas veces pero después, dejé de pedirle cosas y traté de hacer lo que podía dentro y fuera de la casa y entonces él empezó a ofrecerse a ayudar en las labores del hogar. Después, ya no solamente me ayudaba, sino que incluso me pedía mi opinión. Entonces nuestra relación se hizo más armoniosa y todo se volvió más simple entre nosotros. No pude evitar decirle: ¡Esto es increíble! La verdad puede cambiarlo todo, mientras podamos apoyarnos en Dios, en Sus palabras para que nuestra humanidad y nuestra racionalidad se vuelvan normales, así como nuestras relaciones interpersonales. Solo la verdad puede resolver todos nuestros problemas y nuestras dificultades, cambiar nuestro carácter corrupto que no podemos cambiar en nosotros mismos para que llevemos una nueva vida a lado de Dios y que esta sea más relajada y armoniosa.

 

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